domingo, 23 de septiembre de 2018

Marathon


El sol del mediodía quema la frente de los soldados, sus capas cubren el bronce evitando que se caliente. Beben, comen y limpian sus heridas, los hoplitas, lentamente y con calma limpian la sangre de largos días de combate. Beben, comen y buscan los cortes para cerrarlos. No hay hybris en lo veteranos, todas sus acciones son realizadas con la tranquilidad que les da haber salido victoriosos. Piensan en el regreso a su casa, en las historias que contarán mientras se embriagan, viendo danzar a las esclavas, y de las que oirán de boca de los aedos mientras comen  y beben vino.
Al llegar cumplirán con los rituales prometeicos; se acostarán con sus esposas y con sus amantes; comerán queso, aceitunas y cordero asado.
Pero una nube de intranquilidad y nervios se posa sobra el ejército. La noticia vuela entre ellos, no ha sobrevivido ningún caballo. El ejército persa en su intento por cubrir los flancos griegos, ha destruido con su caballería todo lo que rodeaba al muro de escudos y lanzas. Solo quedan los restos del campamento y los cadáveres mutilados de los caballos y peltastas. Todo lo que quedó por fuera de la formación ha desaparecido.
El ejército ateniense convoca, inquieto, una asamblea. Los hombres de la polis se reúnen, aun pertrechados. Saben que Cronos no espera, que es implacable, que aun mientras discuten, su piel se arruga, sus vísceras envejecen y su pelo se emblanquece. Buscan en el cielo alguna señal,  todos son Atenas, pero ninguno se anima a profetizar, ellos son ciegos a las señales divinas. Ojalá hubiese un Tiresias entre ellos, ojalá la batalla hubiese sido en Delfos.
Al finalizar la asamblea cada quien ha dicho lo que pensaba, Zeus los ha oído a todos. Los generales ven a sus soldados, todos probados en batalla, todos dueños de una porción de tierra. Granjeros, pescadores, artesanos… hombres que saben marcar un surco en la tierra. Se conocen del ágora, de las dionisíacas y ahora con heridas frescas y espadas picadas por huesos persas se miran nerviosos pensando en su hogar.
 Han tomado una decisión, enviarán a un mensajero a pie. Él deberá desandar el camino y no fallar, llegar a la polis, dar la noticia de la victoria y evitar el éxodo, la destrucción de toda Atenas.
No hay duda de a quien enviar, él es un virtuoso de la carrera, es hoplita, padre y ateniense. Delante de sus compañeros oye la orden y ansía cumplirla. Se quita la coraza, las grebas y las da a su hermano de armas. Respira profundo, hace días que no se quitaba la armadura, pide específicamente algunas provisiones y mientras las espera acomoda sus sandalias. Ellas son el único calzado que ha usado en su vida, las ajusta, ni muy tensas, ni muy sueltas. Aceita su cuerpo, bebe de su pera y vuelve a llenarla. Ata todas las provisiones a su cintura.
Helios ha realizado más de la mitad de su marcha, la del hoplita recién comienza…
Primero un murmullo, luego un suave canto.
Él mira el cielo, piensa en su familia, es un hombre de su tierra y a ella se dirige. Desea ver perdurar su geneis. Da un primer paso, luego otro, sus brazos comienzan a moverse acompasadamente, su respiración los acompaña y por ultimo su cabeza se irgue y todo su cuerpo comienza a funcionar con un solo propósito, correr.
Oye, mientras corre entre sus homoioi, un suave canto que se transforma en un poderoso pean. Fuerte y sólido, el canto le estremece el cuerpo, sus pelos se erizan, se le acelera el corazón. Corre, y escucha las flautas sumarse al canto, y corre.
Confiado reconoce las sensaciones, su cuerpo se calienta, su rodilla derecha le cosquillea y dos cortes en sus costillas le laten. El pean se hace un canto suave a sus espaldas, luego un murmullo y el ejército se transforma lentamente en pequeñas hormigas que se mueven en el horizonte.
Piensa en Hermes y mentalmente comienza a recitar los himnos del divino mensajero. Relaja sus zancadas, sabe que la marcha es larga, pero el pean lo ha llevado a precipitarse. Respira profundo, amolda los dedos del pie a las correas, sus cayos se amoldan y comienza a transpirarle la frente.
Estoy muy cansado, ojalá la rodilla me aguante y no me vuelva el dolor. Yo puedo, no es tanto. Es largo pero yo puedo. Tantas veces el divino Hermes me guió hasta la victoria ¿Por qué no lo haría hoy, luego de que vencimos a los bárbaros? ¡Cuidado con las piedras!
Mejor muevo la pera del otro lado. Tengo que tomar poca agua, ya en Olimpia bebí demasiada. ¡Ah! Que buenos recuerdos, en ellos debo pensar, en aquellos laureles sagrados que me coronaron.
“Apolo ilumina mi camino.
Atenea despeja mi mente.
Hermes guía mis pies.”
Él respira profundo, acompasadamente y ordenado. Su transpiración le quema los ojos, su mirada no ve a los alrededores, solo ve el camino. No puede equivocarse, la vida de su familia depende de él, lo sabe y corre. Trepa una cuesta, bracea más fuerte, baja firme con sus talones no se deja caer porque no arriesgará, no hoy, caerse no es una opción. Continuará corriendo, las ramas de los arbustos le cortan las pantorrillas. El suelo pedregoso de su querida tierra se parte crujiendo bajo sus sandalias. El ardor de los ojos es ya un quemar. Piensa menos, la fatiga comienza a barrer todo, ya casi no puede orarles a los dioses.
Estadio a estadio se acerca a Atenas, carga algo de agua en los riachos. Entre rodilla y cadera lleva ya dos piedras, ya no sabe que necesita, si aceitunas o queso; si almendras o agua.  Como en el trance de las sacerdotisas, visiones del combate le llegan a su mente fatigada. Olas y olas de persas, como un mar embravecido e incansable que los chocaba, una y otra y otra vez. Desde la tierra firme las voces de los oficiales tronaba ¡Antechoun! ¡Onrushing! ¡Othisil!
¿Sonará mi voz cantando mi propia historia?
¿Podré volver a discutir en el ágora?
¿Tendré un lugar, yo simple hombre, entre los héroes?
¿Los aedos querrán cantar mi historia?
Hijo…mi hijo, mío, nacido de mí, de mis entrañas y de mi tierra, debo volver a ti y vos a mí. Juntos, yo te haré hombre, te enseñaré a correr, a montar, te contaré las historias antiguas y no las mentiras de los pensadores. Correremos por nuestras montañas, como lo hago ahora. Hijo, tú eres y serás mi pequeño Filipides.

Ya sin agua, ni comida, solo queda respirar, no detenerse, sostener el ritmo, correr, mirar el suelo y evitar piedras, mirar el horizonte. No prestar atención a la sangre que se escapa de las heridas y ya comienza a gotear, ni a los pies que duelen y sangran también.
Lentamente entre las rodillas y el tobillo todo es hueso. Una masa dura. El sol es ya agobiante. El dolor es lo único que queda. Única palabra que tiene lugar en la mente, no hay metis para resolver este conflicto. Hay que dejar que el cuerpo sufra y haga lo que sabe, correr. A pesar de las ampollas que se explotan, o de la rodilla que ya duela. Es lo que es, un corredor, es el río que atraviesa la tierra y a pesar de que cada paso es igual al anterior nunca es el mismo paso, nunca es la misma agua que pasa por el río.
Dolor a cada paso. Pero con el sol comenzando a declinar divisa en la cima de la colina el principio de una mancha que luego toma forma de ciudad. Y coronante sobre la ciudad divisa La acrópolis.
La perfección de mi  Atenas hecha edificio, corazón de mi ciudad. Debo poder llegar. Volver a verlo y a abrazarlo. Nunca antes había estado tan cansado. Nada me queda, ni sangre, ni sudor, soy solo una sombra ¿Cuántos estadios faltarán para llegar? Ya no siento los dedos y casi que no siento los pies. Tengo que seguir, tengo que correr.
Dolor, una subida que comienza, Atenas es una ciudad en lo alto. Nadie sale a su encuentro, ni en las afueras,  ni al llegar al muro, ni en las calles. La ciudad se encuentra vacía, lista para el éxodo. El miedo reunió a todos en lo más alto de la colina y hasta allí debe subir.
Cae el anochecer, cansados se esconden en el establo los caballos del sol.
 ¿A dónde estarán? Iré a la Acrópolis- Hermes, dios de pies alado, no permitas que me equivoque. No puedo más. Atenea sostenme, por favor no me dejes caer, dame un aliento más de vida, nada queda en mí.
Sus pasos resuenan en el eco de calles vacías. Silencio y dolor, intenta gritar pero su voz no sale de su garganta, no logra decir nada. Llega al ágora, como un espectro atraviesa una plaza vacía y por primera vez en todo su viaje camina, sin flexionar las rodillas, aguantando los calambres. Las heridas que sangran desde sus costillas manchan con sangre el suelo sagrado.
No puedo más, no llegaré y moriré aquí, tirado en una calle. Tengo que seguir caminando, solo un poco más o arrastrarme. Allí están los escalones de la acrópolis.
“¿Es Filipides?”, un rumor comienza y se esparce entre los refugiados, los guardias salen a su encuentro, un niño se suelta de los brazos de su madre y corre.
Los guardias lo contienen de las axilas, el corredor se desploma y llora. Lo arrastran balbuceante por la escalera de la Acrópolis. Entre la primera hilera de columnas se encuentran los restos de un corredor y un niño. Se reconocen de inmediato, el niño lo abraza y llorando le dice papá.
Llévenme ante el consejo.
La ciudad entera lo ve entrar en el edificio y desplomarse con sus piernas duras como el mármol de las estatuas.
Nike, nike.
Se entrega y un hilo se corta.

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